Luis Landero

Alburquerque, 1948


Luis Landero.La aparición, en octubre de 1989, de Juegos de la edad tardía, primera novela de Luis Landero, fue, sin duda, un acontecimiento literario singular. El sigilo anónimo de su distribución en librerías se vio inmediatamente sobrepasado por la rotundidad de un éxito unánime, de lectores y crítica (se lo emparentó con Cervantes, con Kafka, con Faulkner, con el realismo mágico), y en la prensa de las letras se propagaron rápidas noticias biográficas, desde los diversos oficios de subsistencia que había desempeñado el autor en su primera y segunda juventud (entre los que se subrayaba con énfasis cierta faceta de guitarrista profesional) hasta los diez minuciosos años que había dedicado a la redacción de la novela. Al año siguiente el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, entre otros, vinieron a corroborar la opinión popular y Landero quedó definitivamente inscrito en el catálogo de novelistas de primer orden. Desde entonces, a un ritmo lento y espaciado, ha publicado otras tres novelas, Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1999) y El guitarrista (2002), y ha recogido reflexiones literarias y exploraciones narrativas diversas en Entre líneas: el cuento o la vida (1996, 2001), un libro tan sugerente como ilustrativo. Recientemente acaba de publicar Esta es mi tierra (2002),obra en la que recoge los textos que sirvieron de guión a un programa televisivo de idéntico título.

Se reconoce ampliamente en Landero a un escritor riguroso e impecable en el ejercicio de la prosa, seducido por el poder y la belleza de las palabras y entregado con fascinación a la realidad lingüística. Convencido de que en las palabras residen las cosas y de que las palabras contienen al hombre, en él late una poderosa pasión verbal que, entendida en su doble dimensión (como vehículo del relato y como experiencia estética), se resuelve en calidad estilística, minuciosidad de la composición, expresiones luminosas, hallazgos afortunados y felices asombros. Pero, no siendo éste asunto menor, es probable que la sintonía de Landero con los lectores provenga de su exploración narrativa de «el afán». En un discurso memorable del capítulo cuarto de Juegos de la edad tardía define un personaje los ingredientes del afán, que cabe reducir a tres: 1) «El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la gloria y la pena que todo eso produce», 2) «Sólo el afán nos mantiene vivos y voraces» y 3) «No permitáis nunca que se cumpla el afán, no pongáis los sueños al alcance de los niños para que nunca sean tan miserables como vosotros, ferroviarios». Entre las citas que abren la novela figura una proposición esclarecedora de Spinoza. «Cada cual se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», dice y, puesto que ser consiste necesariamente en ser mejor, perseverar en el ser no será sino anteponer a los hechos la voluntad de ese ser mejor ideal y heroico a que se aspira, ese ser mejor de lo que se es, propósito que a veces sólo se consigue siendo otro o siendo de otro modo. Y es en ese combate entre el ser y el parecer donde surge el afán como impulso de lo imposible, esto es, como ficción, porque, en definitiva, si lo que se desea ser es inalcanzable, si en la inaccesibilidad radica el mérito, entonces, verdaderamente, el afán es vivir fuera de la realidad, o en otra realidad, en la realidad de la ficción. Sobre las leyes de esa lógica literaria se asienta la certeza de que la única forma de ser mejor es vivir en la ficción y alimentar ficciones imposibles, de que ser es representar, de que confundir vida y ficción es la verdadera garantía del ser.

Entre líneas: el cuento o la vida (libro que apareció por primera vez en Los Libros del Oeste, en Badajoz, en 1996,De izquierda a derecha, Luis Landero, José Luis García Martín, Andrés Trapiello, Javier Rodríguez Marcos y Fernando Pérez, en la presentación de la colección La Gaveta, de la Editora Regional, en Madrid. con el título más escueto de Entre líneas) ofrece la síntesis de muchas sinestesias: nos movemos entre la narración y el ensayo; acudimos al desdoblamiento del sujeto en un yo autobiográfico (capítulos pares, en cursiva) y en un Manuel Pérez Aguado (capítulos impares, redondilla); presenciamos las perplejidades derivadas de una trinidad en crisis: la coexistencia de lector, escritor y profesor en un solo individuo; vemos cómo el evónimo bajo el que Manuel Pérez escuchó los primeros relatos orales se contamina de ficción y cómo el mundo de la imaginación se funde y se confunde con el de la realidad; aprendemos que la máxima más importante del escritor («acuérdate de que vives en un país lejano») es tanto la revelación madura de que el País de Maricastaña no es otro que el Alburquerque de la infancia como la certificación de un sabio «resignarse definitivamente a sí mismo»; participamos en una «experiencia histórica excéntrica y privilegiada», el tránsito del siglo XIX al XX en un viaje neorrealista de doce horas y de 400 kilómetros; seguimos la divertida peripecia del anarquista trasnovelado; comprendemos que existen salvajes en la aritmética del relato y advertimos que la fortuna del escritor depende de que encuentre (Cervantes, Flaubert) o no encuentre (Quevedo) el sombrero de copa apropiado; recorremos, en fin, sobre un trayecto de engañosa brevedad pero de ejemplar sabiduría, el pensamiento literario fundamental de Luis Landero.

El hombre, que se define, en resumen, como animal narrativo, con la sola protección de la palabra, va consiguiendo redimirse, o sea, sobrevivir. «Entre líneas: el cuento o la vida» es su leve manual. Se afirma expresamente: «Somos narradores por instinto de libertad, porque nos repugna la servidumbre de la propia condición humana en un mundo donde no suele haber sitio para nuestros afanes de verdad, de salvación y de plenitud». Se insiste en la expresión de esa lucha: «La realidad nos pone en nuestro sitio; luego, nosotros, por medio de la narración, ponemos a la realidad en el suyo». A tan liviano conflicto se reduce, pues, la naturaleza humana, a vivir y a contarlo. Tal es la conclusión: «Se hace camino al andar: se hace relato al escribir». Cabe añadir otra conclusión, externa: también se hace relato, necesariamente, al leer, al escuchar. En realidad, nos pasamos la mayor parte del tiempo contando historias u oyéndolas contar.

Uno de estos seres que cruzan fugazmente por las páginas de una de las novelas (de El mágico aprendiz, en este caso), un hombre solitario en la barra de un bar que “de vez en cuando cabeceaba desengañado y hablaba para sí y se cargaba de razón ante un auditorio imaginario”, podría formular la desesperanzada visión del mundo que late en este universo literario (“Vivir es un enredo. Joven o viejo, no merece la pena”), y así, en El guitarrista, se concluye melancólicamente que “vivir no paga los gastos” y no es casual que sea Shopenhauer el autor invocado y la anécdota del topo con su ciego itinerario vital el que sirva para definir una vida desprovista de sentido, “un laberinto de instantes, de promesas, de episodios sin principio ni fin”.

Nos encontramos, en este último título, ante una novela de aprendizaje en la que asistimos al proceso de configuración de una personalidad que crece afirmándose entre adhesiones y rechazos, contemplando cómo la vida con frecuencia ofrece la misma postergación incesante de los sueños (con la que contrasta la repetida llamada de la madre, convertida, a base de repeticiones, en un mensaje premonitorio cargado de sentido: “¡Vamos, Émil, arriba, que ya vas con retraso!”).

Entre los personajes del relato, sumidos en la desventura de su afán o resignados a su anodina condición, sobresalen, por su protagonismo en el proceso de formación del protagonista, el bibliotecario Rodó (siempre buscando algo en sus bolsillos), quien ofrecerá a Emilio la impagable lección de su fracaso como novelista (y que Emilio recogerá más adelante, pues lo relatado sucede “cuando yo ni siquiera sospechaba que algún día llegaría a ser escritor”) y la del audaz primo Raimundo (del que podría decirse como se hace de un personaje de Juegos..., Elicio Renón, que “apenas urdía un proyecto encontraba otro mejor”), cuya trayectoria vital (el destello fulgurante de los deseos cumplidos, la deserción, el regreso a la anonimia de la vida aldeana pero también a una felicidad doméstica) permite vislumbrar el itinerario futuro de Emilio cuando el personaje se encuentra ya fuera de las lindes de la novela: el abandono de la vida nómada del guitarrista, el regreso a la soledad de la creación literaria, que acabará por ser “despues de la tormenta, una reparación de daños”.

M.S.V.

BIBLIOGRAFÍA

Juegos de la edad tardía. Barcelona, Tusquets, 1989 

Caballeros de fortuna. Barcelona, Tusquets  1994. 

Entre líneas. Badajoz, Los Libros del Oeste, 1996. 

El mágico aprendiz. Barcelona, Tusquets, 1999. 

Entre líneas: el cuento o la vida. Barcelona, Tusquets, 2001 

El guitarrista. Barcelona,  Tusquets, 2002. 

Esta es mi tierra. Mérida, Editora Regional, 2002.