Luis
Álvarez Lencero
Badajoz,
1923 Mérida, 1983
Poeta
y escultor. De procedencia campesina, compaginó la poesía y el
trabajo (mecánico, herrero, administrativo). Sus primeros versos datan
de finales de los años cincuenta, cuando acudía a Radio Badajoz
o a las tertulias de Esperanza Segura o de la Sociedad Económica, en
las que alternaba con Delgado Valhondo, Manuel
Pacheco, Manuel Monterrey.
De esas reuniones saldrían sus publicaciones en
Alor, Alcántara, Anaconda, Gévora,
Caracola (de Málaga), Malvarrosa (de Valencia), o en la
revista griega Poésie sans frontiérès. Pronto, pues,
Luis Álvarez comenzó a publicar con regularidad, bajo la admiración
que sentía por Bécquer y Alberti:
RIMA
Tarde enlutada...
Triste suspiro de despedida;
mano que arranca flor inocente
y por el suelo rueda marchita;
Música extraña; vago fantasma
cual nube oscura que se disipa.
Canción del viento que besa el árbol
y lo destruye con su caricia;
Último aliento del que se muere;
Llanto que abrasa tierna pupila;
queja y delirio de amante pecho;
Nido sin ave; tumba escondida;
senda olvidada donde se pierde
el eco dulce de la alegría.
Norma, 1950
Luego su espíritu
insatisfecho le impulsó a iniciar empresas nuevas, y con esa
intención participó en las modas vanguardistas, como el
Surrealismo. Se trataba, bajo la consigna de una poesía
inaccesible, de unos modos que rompían con la lógica de
la sintaxis, que retorcían los pensamientos, y que a duras
penas comprendemos, pues más que expresar la vida consciente,
procuraban expresar la vida del subsconciente y de los sueños.
Así escribió El surco de la sangre (1953) y
Sobre la piel de una lágrima
(1957).
Los contenidos
temáticos de Sobre la piel de una lágrima
están vinculados al hombre, tanto en su dimensión
trascendente y terrenal, como personal y social. Todos estos
aspectos son observados desde una perspectiva de pleno lirismo, y
convergen en la pena, eje temático del libro.
Esta
pena es contemplada ya como sentimiento poético, ya como ingrediente
consustancial a la naturaleza humana, y se crece ante la presencia de la muerte,
o entre los problemas cotidianos y la tímida esperanza de eternidad.
La pena no sólo afectará al poeta sino al mundo rural, al campesino
extremeño, acosado por el hambre y la deshumanización.
Y todo ello
expresado en un estilo que connota una vena de procedencia culta, y
otra de procedencia popular, otorgando al libro una intensidad lírica
poco frecuente. En cuanto a la primera se refiere, un señalado
surrealismo preside estos versos, cargados de osadas metáforas
(yunque del sol, almohadas de amapolas, pétalos de luna).
La segunda vena aparece en los versos populares del romance o la
copla, o en motivos temáticos propios de la lírica
tradicional: canciones de trabajo, de cuna, albadas, nanas.
EL AJUSTICIADO
Esta pena que tengo campesina
Como el perro que ladra a los ganados
Que me sigue y me sigue a todos lados
Y me duele más hondo que una encina.
Esta pena de diente que camina
Los surcos de mi carne amapolados
La lluvia de mi voz y los tejados
Que me pudren la lágrima cansina.
Esto que tengo y llamo por su nombre
Pena de jaula fría en que me encuentro
Royéndome la estrella de mi suerte.
Pena para llorar pena de hombre
Pena de perro oscura sangre adentro
Pena de ruiseñor pena de muerte.
Pero estos
entusiasmos de sus años jóvenes pasarían, y la
vida empezó a presentarle su lado amargo, y en sus versos
aparecerían los ecos del dolor. A principios de los años
sesenta murió su amigo Manuel Monterrey, el viejo poeta
modernista, y Álvarez Lencero, para desahogar la
melancolía, compuso una dolorida elegía, Tierra
dormida (1969).
Luego, con el paso
de los años, el artista deseará compartir los
desasosiegos de los hombres con quienes habitaba en esta amarga
residencia. Sentirá la necesidad de gritar y clamará
por la justicia. Su estancia en Alemania allá por los
años sesenta- debió de acentuar estas preocupaciones
sociales: el conocimiento que allí tuvo de las malas
condiciones laborales de los obreros tuvo que incentivar unas
inquietudes sociales que aparecieron en su libro Hombre
(1961) y que culminaron en Juan Pueblo
(1971). En ellos se reflejan las circunstancias tan particulares
que vivió la España de la posguerra: hambre, miseria,
así como la falta de libertad, la opresión que ejercían
los patronos, el paro...
A
la enorme satisfacción que supuso para él la acogida que se dispensó
a Juan Pueblo, se sumó ese mismo año
el éxito de la exposición que en Madrid hizo de sus esculturas
(entre ellas el famoso Vietnam). Las estrofas de Juan
Pueblo se suceden alrededor del hombre, como ente social, en convivencia
y antagonismo con los otros. Desde el título se suma a una larga tradición
de literatura popular que ha pasado por Juan Panadero, Juan Breva, Juan Nadie,
como símbolos del pueblo, de los humildes que nunca podrán vivir
en paz, pero que esperan heredar la tierra.
Con la intención
de dar testimonio, de clamar por la libertad, muchos versos del libro
van dirigidos al tú o al vosotros de
la colectividad. El libro fue fruto de la realidad social de la
época, y por eso llegó al alma del lector. Aquí
el hombre extremeño, y el hombre universal, son los centros de
observación: los hijos del sudor, del hambre, Juan Tonto,
Juana Negra... con sus problemas cotidianos, con sus miserias, y
penas.
Por ello la palabra del poemario no se apoya en elementos
formales, sino en la emoción de su contenido. Se trata de una poesía
entendida como comunicación, transparente, diáfana,
dirigida a la inmensa mayoría. Quizás una de las manifestaciones
más palpables de ello sea el señalado coloquialismo que inunda
las estrofas: ovejas modorras, quiquiriquí, abierto de par en par...
JUAN HIERRO
Te amo y te familio, hierro mío,
Porque duro es tu pecho, como de hombre.
Te llaman hierro, pero no es tu nombre,
Sino pueblo, mejor, pueblo con brío.
A golpes te retuerce el cortafrío,
Te devora el martillo, y no es su nombre,
Sino verdugo que devora a un hombre
Que tiene el corazón dulce y bravío.
Ya no te llamo hierro: sólo pena,
Sólo pueblo reseco y destripado,
Chatarra que soporta orín de perro.
Hombre que sufre al cuello una cadena.
Pueblo que escupe chispas, machacado,
Dulcísimo y metal, carne de hierro.
Poco después,
en 1973, se establecerá, ya casi hasta el final de sus días,
en Colmenar Viejo, donde una grave enfermedad de pulmón
empieza a debilitarle.
Pero fue entonces,
paradójicamente, a medida que se agotaban sus fuerzas, cuando
su voz, depurada por el dolor y la pena, adquirió su timbre
más vigoroso, más personal, con esa vuelta definitiva
que operó el poeta hacia su propio silencio: la soledad, la
pena, la muerte, Dios, el destino... asomaron con fatal determinación
en Canciones en carne viva (1973),
Poemas para hablar con Dios (1982) y Humano (1982).
Aparecido en
diciembre de 1982, Humano había crecido en medio de la
soledad y de la enfermedad del poeta, internado en hospitales
madrileños durante largas temporadas. Tales circunstancias
explican que el libro entienda la vida y la creación literaria
como un quehacer apenado y como una ofrenda a la dignidad de la
persona y de su tierra extremeña, presente hasta el final. El
dolor del hombre, como ser individual, es el móvil
determinante, aunque sin desecharlo como manifestación
colectiva; y junto a ello los motivos amorosos.
La
expresión, por otra parte, añade algo sustancial a la obra de
Álvarez Lencero. El tono evidencia un mayor lirismo e interiorización,
una palabra más resignada y remansada. Humano ya no es altivo
ni increpatorio. Desaparecen de él las apelaciones, la penetración
de la ironía, las tiradas de carácter bíblico... que engalonaron
Hombre o Canciones en carne
viva. Ahora, más que nunca, la expresión es directa,
llana, sentida, y enraizada en el corazón del hombre. Con más
galanura que en ningún otro libro, el verbo permite acceder al fondo
de las emociones.
AMIGOS
Mis perros y mis pájaros amigos,
Siempre por las mañanas cuando paso
Tan cerca de ellos, me saludan todos,
Con la inmensa alegría que da el campo.
A veces se me posan en el hombro
Y los llevo conmigo tiempo largo,
Como estrellas de plumas que me hablan
Junto al oído, de los cielos altos.
Y los perros parece que me lloran
Y bendicen mis penas con sus rabos,
Y si los acaricio con ternura
Me lamen y me besan en la mano.
Cuando me alejo de ellos mal se quedan
Tristes como yo mismo, abandonados,
A pesar de que vuelvo al mediodía
Y ya nos vemos y nos consolamos.
Un día marcharé ya para siempre
De mis amigos perros y mis pájaros,
Hacia el olvido, por la carretera,
Sin que jamás ya nunca nos veamos.
Me iré sin despedirme, sin que vean
Mi corazón dormido y solitario;
No quiero que sus lágrimas me duelan,
No quiero darles pena a mis hermanos.
F.L.A.M.
BIBLIOGRAFÍA
El surco de la sangre.
Guadalajara, colección Doña Endrina, 1953.
Sobre la piel
de una lágrima. Caracas, colección Lírica
Hispana, 1957 (con pórtico de Conie Lobell y Jean
Aristeguieta); ed. Simultánea, Badajoz, Arqueros, 1957.
Hombre.
Madrid, Trilce, 1961.
Tierra dormida. Badajoz,
Diputación Provincial, 1969 (prólogo de Antonio Zoido).
Juan
Pueblo. Badajoz, Doncel, 1971; 2ª ed. Facsímil,
Los Santos de Maimona, Grafisur, 1982 (prólogo de Emilio
Vera).
Canciones en
carne viva. Madrid, colección Se hace
camino al andar, Zero-Zyx, 1973.
Antología poética.
Badajoz, Universitas Editorial, 1980 (prólogo de Manuel
Pecellín).
Homenaje a Extremadura.
Badajoz-Cáceres, edición particular, 1981.
Poemas para hablar con Dios.
Extremadura-Madrid, Artes Gráficas Ibarra, 1982 (prólogo
de A. García Galán).
Humano. Los Santos de
Maimona, Grafisur, 1982 (prólogo de Tomás Martín
Tamayo).
Obras escogidas.
Badajoz, Diputación Provincial, 1986 (prólogo de
Ricardo Senabre).
Obras completas.
Badajoz, edición de B. Gil Santacruz, 1988 (con prólogo
de Francisco Lebrato).