Jesús Delgado Valhondo
Mérida, 1909-Badajoz, 1993
Jesús
Delgado Valhondo Poeta y narrador. Tras la muerte de su padre, acaecida cuando
tenía nueve años, se trasladó a vivir a Cáceres,
donde se dará a conocer como poeta, y donde trabará amistad con
los escritores Pedro Caba, Eugenio Frutos, Pedro
de Lorenzo, José Canal, Rodríguez-Moñino. Así
comenzó su vinculación a la literatura, a la par que estudiaba
magisterio, profesión que luego ejercería en distintas localidades
de la región.
De las
experiencias que en ellas vivió se ha enriquecido su obra, una
obra que empezó a tomar forma siendo nuestro poeta muy joven
aún: entonces empezó a colaborar en las más
destacadas revistas españolas (Garcilaso,
Espadaña, Litoral, Corcel),
además de formar parte del grupo fundador de la revista
cacereña Alcántara. De este modo pronto dio
muestras de un temperamento comprometido, que le animó a
fundar -junto a otros escritores- la Asociación de
Escritores Extremeños, y que le llevó a intervenir
en la prensa, no ya como poeta, sino como analista del panorama
cultural extremeño. A tal interés se deben sus
intervenciones en el diario Hoy, donde durante un tiempo
escribió una página literaria en la que intentó
airear la creación literaria de esta región. Es más,
también fue un inspiradísimo autor de cuentos (Celo,
el tonto, Las voces del pozo, Anita), en los
que se mezclan lo popular, la ternura y el humor, y que tratan temas
esencialmente poéticos: desde la muerte, el amor, la locura,
hasta lo enigmático de la vida.
Pero
su proyección, con el tiempo, se asentará sobre la poesía,
y a partir de los años sesenta, se convertirá en nombre integrante
de cualquier antología de poesía española: Anuario de
la poesía española (1967), Quién es quién
en las letras españolas (1979). Lector impenitente
de Juan Ramón Jiménez, pronto descubrirá su propio camino.
Y pocos poetas hallaremos tan imprevisibles en su trayectoria, tan variados,
tan fieles a la emoción del momento. Y pocos tan exigentes consigo mismo,
tan insatisfechos, tan tenazmente perfeccionistas. En todos los casos se advierte
una cuidada construcción textual, una organización interna meditada,
coherente, que la aparente espontaneidad de los versos oculta con frecuencia.
En sus poemas, un
impresionismo melancólico cubre el tema, siempre trascendente.
De este modo Delgado Valhondo recoge los matices existenciales,
religiosos y hasta neorrománticos que se dieron en los poetas
de la Generación del 36, a la que pertenece por edad. Como en
Panero, Vivanco o Rosales, la veneración por la cercanía
del misterio -en estrecha relación con la fe religiosa-
connota buena parte de sus creaciones, sobresaliendo igualmente los
temas familiares. En su poesía el tema de la muerte, por
ejemplo, entre otros muchos que toca, no adopta grandilocuencia de
tono, ni se vierte en patetismos inútiles. Antes bien, cobra
su verdadero sentido de coetaneidad, de vecindad con la vida.
Delgado
Valhondo es un poeta intensamente lírico tanto en la materia como en
la expresividad. En él armonizan la naturalidad de expresión,
la originalidad metafórica y la exquisitez. Dice sin falsos añadidos
retóricos, de forma directa, escueta. Con gran economía de medios
expresivos, Jesús construye poemas llenos de emoción contenida,
en los que gusta del léxico cotidiano.
Y en lo que a
métrica se refiere, Jesús Delgado pasa con naturalidad
de la cancioncilla asonantada al molde rígido del soneto, y de
éste a la fluencia del verso libre sin que en ningún
momento predominen modelos perceptibles, dejándose gobernar
por la exigencia de cada motivo que poetiza.
El año cero consta
de poemas muy breves, de versos cortos, que plasman suaves pinceladas de aire
impresionista. Con tintes de melancolía, van surgiendo los temas intimistas
junto a rápidas evocaciones de los lugares queridos (Mérida,
Cáceres) No falta tampoco la presencia del tiempo, ni el mundo vegetal.
Siempre con economía de medios, el poeta consigue comunicar eficazmente
ese mundo de emociones que lo inunda.
En
cualquiera de sus poemas notamos la sencillez y originalidad de los temas, la
ternura con que acaricia las cosas más humildes, con dobladas ironías.
Se le notan entrañas populares, hondamente interpretadas; y dolores metafísicos,
una honda pena y melancolías auténticas.
La esquina y el
viento fue una obra que produjo una gran admiración a Juan
Ramón Jiménez. Según testimonia Ricardo Gullón,
en Conversaciones con Juan Ramón Jiménez (1958),
el eximio poeta declaró a raíz de su lectura:
Ahora se escribe en España
muy buena poesía. Estoy tan contento de ella como disgustado
por la escrita en la emigración. Aquí traigo un libro,
La esquina y el viento, de Delgado Valhondo, nutrido de la
mejor poesía moderna.
Delgado Valhondo
canta a la naturaleza, personificándola, descubriendo un mundo
cálido en la intimidad de cada ser, incluso de los más
insignificantes. Es todo agudeza visual. Las imágenes, los
poemas breves -especialmente canciones, nanas y villancicos- son de
gran belleza.
El
libro aparece dividido en cuatro partes, pero en nada afecta tal división
a su unidad esencial: la temática no difiere de unas partes a otras y
se centra siempre sobre el existir. Cierto que esta temática es existencialista,
en el sentido general de la palabra, pero no por vinculación a ningún
existencialismo, sino porque la experiencia individual del poeta y el aire de
nuestro tiempo hacen vivir estos problemas.
Las dos primeras
partes apenas si tienen otra diferencia que la métrica, de
metros cortos (como en Madrugada), que predominan en la
primera, y largos en la segunda. La tercera tiene como temática
externa la experiencia escolar que el autor vive, y donde la escuela
se desrealiza en el ámbito de la poesía. En la cuarta
parte, el tema de Dios, que ha sido motivo constante a lo largo de
otros poemarios, se queda solo, dando su alto tono final, y
subrayando cuál es la fuente suprema de esta poesía. El
tema religioso adopta dos modalidades: por un lado, la ingenua del
villancico y la canción; y por otro, la postura angustiada de
un hombre que vive cara a cara consigo mismo, en la más
impresionante autenticidad, y cercado por los embates de nuestra
época.
Lo sorprendente
del libro proviene de la introducción de las experiencias
cotidianas en medio de un tono lírico elevado. La profunda
humanidad, que alienta en los versos, es lo que trae a esta poesía
los temas del existencialismo actual. El dolor y la angustia son
motivos constantes. El tema de la muerte se trata de forma
impresionante. Poesía, pues, humanísima, que ni endiosa
al hombre ni le cosifica. Le trae palpitante, con sus dudas, sus
caídas, sus goces y esperanzas.
La muerte del momento
contiene una parte inicial donde se cantan realidades cotidianas de la vida
pueblerina, aunque muy hondamente interiorizadas: un entierro que pasa; el primer
día de clase del niño huérfano; la escasez en el hogar...
Como ejemplo nos puede valer el poema Momento de vida. El poeta, atento
a sus ecos íntimos, -en la línea de Antonio Machado-, nos transmite
las vibraciones de un alma capaz de conmoverse ante el llanto de un niño
o la hierba herida. Poco a poco, la carga existencial de los poemas crece.
El
poeta entona sus dudas y misterios de soledades; cuenta menudencias de su diario
vivir familiar, casero; pero la temática de esta colección de
poesías es el más allá, es el tránsito
temido y deseado en la barca de Aqueronte. Un manojo de flores de camposanto.
Sigue
Delgado Valhondo, en este camino, la línea poética de Antonio
Machado; pero la sigue sin ceder un ápice de sus propios sentimientos,
de su recia personalidad. Su lira es, sin duda, menos profunda y filosófica
que la del sevillano, pero tiene una energía nativa y una altivez tan
arrogante que se reflejan en esa economía de florituras y de imágenes
que le llevan a plasmar lapidariamente, en un rasgo de humor, de malhumor o
de angustia, la carga emocional de su alma, que lanza como una flecha al corazón
del lector.
Y como siempre, también
aquí Delgado Valhondo va buscando siempre a Dios. Dios es su refugio,
su consuelo; se dirige a Él, como a un amigo, como al Maestro, como a
su protector. Estas poesías tienen las profundas suavidades del misticismo
de San Juan de la Cruz. Pero sus pasos no avanzan con la firmeza absoluta de
aquellas voces de cantores de pasados siglos. A veces el alma del poeta se llena
de estas inquietudes y su andar vacila, se nubla de dudas. En metros clásicos,
con la omnipresencia de una rima suave, Delgado Valhondo nos manifiesta su desconcierto
unamuniano ante la certeza de la muerte. Para él, no obstante, existe
la seguridad de una supervivencia garantizada por ese Dios con el que dialoga...
Siempre simpatizó con el existencialismo cristiano.
La
vara del avellano es una obra breve en torno a quinientos
versos-, muy en la línea de su autor. Se abre con cita de Juan Ramón
Jiménez y rebosa intimismo. La pasión por la desnudez lo conduce
a talar artículos, eludir términos y sostener su expresión
en rapidísimas pinceladas.
La alternancia de
versos rimados y libres, las llamadas a un Dios siempre próximo,
los juegos de palabras, la creatividad lingüística
(sanchovientre, aguadiós), la riqueza
metafórica que en ocasiones ronda lo irracional surrealista
(sangraba el músculo del viento, un dios
pequeño y sordo/ hace puntillas en los hilos del frío)
son notas típicas de Delgado Valhondo. En muchas ocasiones los
textos, sin abandonar su hondo lirismo, contienen elementos de
carácter narrativo, como ocurre en El tonto del pozo.
Un
árbol solo es acaso el libro más unitario
y maduro de Jesús Delgado Valhondo, el que mejor sintetiza su
mundo poético. Libro de enorme desnudez, obra depurada y
conmovedora; Un árbol solo supuso
un hito en la trayectoria poética de Jesús Delgado
Valhondo, cuando contaba con cerca de setenta años. A esa edad
tuvo la fuerza de empezar un nuevo rumbo. ¿O acaso hayamos de
decir que fue la natural culminación de un proceso? Es un
libro de poesía narrativo-meditativa. Si sus libros anteriores
estaban constituidos por una serie de poemas, Un
árbol solo está constituido por un solo
poema. Si los libros anteriores recopilaban poemas que poseían
su propia historia, cada uno de ellos, Un árbol
solo narra una única historia. Así Delgado
Valhondo enlazó con la gran poesía narrativo-meditativa
inglesa, especialmente con la escrita por Wordsworth, Colerige y
Browning.
Como
corresponde a la estructura formal de la poesía narrativo-meditativa,
posee cierta extensión. El poeta siente el poema como un todo, como una
unidad difícilmente separable. De ahí que el verso pierda su carácter
unitario, y tienda a diluirse a través de los encabalgamientos en la
extensión completa del poema que constituye el libro. Por otra parte,
Un árbol solo se centra en el desarrollo
dinámico del poema que, partiendo de una realidad objetiva -un hombre
solitario-, se encamina hacia el desvelamiento de una intención lírica
(la del misterio humano), con la permanente presencia del recuerdo, como observamos
en Se quiere lo que se amó.
Aunque dividido en
tres partes (Desnuda soledad, Soledad habitada,
Gente), el poema posee tan conexionada unidad que puede
considerarse uno solo, revelando un autor de hondura reflexiva e
inspiración abundante. En sus versos Delgado Valhondo indaga
en el abismo de sentirse hombre solo, tomado tanto en su
individualidad como en la comunión con los otros.
Pero si la forma
de poesía narrativo-meditativa de Un árbol
solo es una novedad en la producción de Delgado
Valhondo, sin embargo su simbología viene de muy lejos, tal
como muestra el hermanamiento semántico entre los títulos
El secreto de los árboles, Canas de Dios en el almendro
y La vara de avellano.
Por último, el verso libre, con los referidos
encabalgamientos, le concede absoluta libertad para la expresión de sus
emociones, en medio de un ritmo variado, y unos tropos que a veces rozan la
metáfora surrealista.
F.L.A.M.
BIBLIOGRAFÍA
Poesía
Hojas húmedas y verdes. Alicante, Colección
Leila, 1944
El año cero. San Sebastián, Cuadernos
de poesía Norte, 1950 (presentación de Pedro Caba).
La esquina y el viento. Santander, Colección Tito Hombre,
1952.
La muerte del momento, en revista Gévora, número
32, Badajoz, 31 junio 1955.
Canto a Extremadura, en revista Gévora, números
33-45, Badajoz, 30 agosto 1956.
La montaña. Santander, Colección La cigarra,
1957.
Primera antología. Badajoz, Diputación Provincial, 1961.
El secreto de los árboles. Palencia, Colección Rocamador,
1963.
¿Dónde ponemos los asombros?. Salamanca, Colección
Álamo, 1969.
Canas de Dios en el almendro. Sevilla, Colección Angaro,
1961.
Cerrada claridad. Sevilla, Colección Angaro, 1973.
La vara de avellano. Sevilla, Colección
Angaro, 1974 .
Entre la hierba pisada queda noche sin pisar (antología). Badajoz,
Universitas Editorial, 1979.
Un árbol solo. Badajoz, Institución
cultural Pedro de Valencia, Diputación Provincial, 1979.
Inefable noviembre. Algeciras, Colección Bahía,
1981; reeditado, con algunas variantes, bajo el título de Inefable
domingo de noviembre, Cáceres, Institución Cultural El
Brocense, 1982
Poesía (1943-1988). Obras completas. Badajoz, Diputación
Provincial, 1988 (con introducción de Ángel Sánchez Pascual).
Huir. Badajoz, Del Oeste ediciones, 1994 (prólogo
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Prosa
Yo soy el otoño, colección Alcántara.
Cuentos y narraciones. Cáceres, editorial Extremadura, 1975.
Ayer y ahora. Badajoz, Universitas Editorial, 1978.
Abanico. Mérida, Patronato de la Biblioteca Pública, 1986.
Cuentos. Badajoz, Diputación Provincial, 1986.
El otro día. Badajoz, Menfis, 1990.