Francisco
Sánchez de las Brozas, El Brocense
Brozas, 1523-Valladolid, 1600
El
3 de diciembre del año 1600 moría en Valladolid, en casa de uno
de sus hijos, médico en esa ciudad, Francisco Sánchez de las Brozas.
El humanista extremeño se hallaba sometido desde hacía siete años
a un proceso inquisitorial -era ya el segundo- que nunca
llegó a cerrarse. Se ponía así fin a una vida marcada por
la autenticidad personal y por la rebeldía ante las imposiciones sin
sentido, pero también caracterizada por la lucha y el sufrimiento. Por
eso, consciente ya del fin -
los médicos me han desahuciado y
dicen que me muero- las palabras humildes del catedrático de Retórica
de la Universidad de Salamanca adquieren su sentido más hondo: Yo
siempre toda mi vida he sido buen cristiano e hijo de buenos cristianos e hijos
dealgo, conocidos por tales, y siempre protesté de creer en todo aquello
que tiene y cree la santa madre iglesia Romana, y ahora a la hora de mi muerte
lo protesto, y creo y muero en ello y por ello
Habían pasado setenta y siete años desde
que en un pueblecito de la provincia de Cáceres, Las Brozas, había
venido al mundo Francisco Sánchez. Muchos años más tarde,
un discípulo suyo dejó escrito que oyó Retórica
en Salamanca al más insigne hombre que en aquellos tiempos hubo en aquella
Facultad, que fue el Maestro Francisco Sánchez, Catedrático de
propiedad de aquella Universidad. ¿Qué aventura intelectual
y humana llevó a este muchachito extremeño a convertirse en un
referente obligado de la Universidad de Salamanca?
Sus
padres eran Francisco Núñez y Leonor Díez, cuyos apellidos,
por circunstancias que veremos más adelante, no conservó. El estudioso
extremeño Pecellín Lancharro afirma que pese
a sus protestas ante el famoso Tribunal (la Inquisición), diciendo que
era hijo de buenos cristianos e hijos dealgo, conocidos por tales
parece segura su ascendencia judía. Basta para probarlo otra declaración
suya a las preguntas inquisitoriales afirmando que no sabe ni tiene la menor
idea de quiénes habían sido sus abuelos. Era la postura típica
cuando interesaba ocultar la condición de los ascendientes.
No parece ésta una prueba excesivamente concluyente para emitir un juicio
tan taxativo sobre un asunto que, en aquel tiempo, tenía una gravedad
extrema. En todo caso, sí conviene decir que otros autores que han trabajado
sobre la figura de El Brocense ni siquiera se plantean el problema sobre su
ascendencia. De todas formas, a la hora de estudiar al hombre y al
humanista Francisco Sánchez, en realidad, poco importa si sus
padres eran o no judíos conversos. Lo que de verdad nos interesa es la
andadura vital de un personaje excepcional en muchos aspectos.
La generosidad de unos tíos, hermanos de la madre,
y personas de cierto relieve en la Corte real de Portugal, hizo posible que
El Brocense pudiera trasladarse a la ciudad de Évora, para iniciar su
formación en los estudios de Latín y Humanidades. Como prueba
de gratitud hacia estos parientes, precisamente, adoptó El Brocense el
apellido Sánchez. El traslado de la Corte lleva a Francisco desde Évora
a Lisboa donde, al tiempo que continúa con su formación intelectual,
desempeña funciones al servicio de la reina Doña Catalina y de
su esposo, el rey D. Juan III. Parecía que el joven extremeño
había iniciado una prometedora carrera cortesana y, así, se incorporó
al séquito de la infanta doña María Manuela cuando ésta
se dirige a España para desposarse con Felipe II; bodas que, por cierto,
se celebraron en Salamanca, ciudad que posteriormente sería la residencia
de El Brocense ya para toda la vida. Sin embargo, la prematura muerte de la
princesa, fallecida al dar a luz a su primer hijo, varió radicalmente
el rumbo en la vida de Francisco Sánchez, que cambió las coloridas
vestiduras de la Corte por el negro hábito de los estudiantes de la Universidad
de Salamanca.
Así pues, en 1545 comenzó Francisco Sánchez
los estudios de Artes, equivalentes a lo que hoy entendemos por Filosofía.
Pero el espíritu libre y racionalista de El Brocense va a chocar frontalmente
contra unas enseñanzas y unos maestros de los que dice: Me parece
ciertamente que, por inspiración divina, nunca he conseguido, durante
los tres años en los que me dedico a los estudios filosóficos,
estar de acuerdo con mis maestros en algo. Veía que éstos no sólo
desconocían y evitaban el discurso griego y latino sino que se esforzaban
en discutir sobre suposiciones, exposiciones y extensión de los términos.
Han pretendido, mediante una parlanchina e insolente locuacidad, que creyéramos
cosas como que una meretriz y una virgen puedan ser una misma mujer.
El Brocense, pues,
dirige sus inquietudes intelectuales al estudio de la Teología,
pero ésta se basaba en la filosofía de Aristóteles,
con cuyos principios el sabio extremeño no comulgaba en
absoluto. De tal forma que da un nuevo rumbo a sus estudios y se
dedica, ya de forma definitiva, al cultivo del Latín y del
Griego y, en general, de las Humanidades clásicas. Francisco
Sánchez había encontrado su camino, aunque a lo largo
de su vida académica posterior intervino más de una vez
en disputas de tipo filosófico y teológico que le
enfrentaron con la Inquisición. Como
estudiante de Humanidades pudo beneficiarse de excelentes maestros
que encauzaron las inquietudes de El Brocense hasta convertirlo en
uno de los grandes humanistas que ha tenido
nuestro país. Entre ellos hay que destacar a Hernán
Núñez, El Pinciano.
Siendo todavía
estudiante contrajo matrimonio con Ana Ruiz del Peso, con quien tuvo
seis hijos. Las cargas familiares obligaron al aún escolar a
dedicarse a la enseñanza de las lenguas clásicas para
poder subsistir; así y todo, las dificultades económicas
serán una constante en la vida de El Brocense. A la muerte, en
plena juventud, de su esposa, Francisco Sánchez compone unos
versos elegíacos en latín llenos de sentimiento y, a la
vez, de esperanza; la unión que entre ambos existía en
vida se perpetúa más allá de la tumba:
Yo soy Ana, amada en alto grado por mi querido esposo.
Entre nosotros hubo un amor sin deterioro, una sola alma.
La muerte, con su guadaña que todo lo troncha,
me arrebató en plena juventud;
quiébrate, Parca fiera: mira, de nuevo estamos vivos los dos.
Él vive vida divina gracias a mí; yo gracias a él, vida
humana:
vivimos en la tierra y vivimos en el cielo.
Algunos años más tarde volvió a
casarse con Antonia Ruiz Del Peso con quien tuvo otros seis hijos. Demasiada
familia, aun para un Catedrático de la Universidad de Salamanca; por
eso, en escrito que firma unos días antes de su muerte, en mi entero
juicio, podemos leer estas conmovedoras palabras: Y así con este
protesto pido y suplico a V.S. que pues mi intención siempre ha sido
de buen cristiano y temeroso de Dios, y él sabe que siempre que tomé
la pluma en la mano fue encomendándome a él que me diese luz para
enseñar las verdades y que mis obras se mostrasen a la santa Inquisición
y a sus doctos ministros, que pues a mis hijos no les dejo otra hacienda sino
mis trabajos, con la censura santísima de V.S. se dé licencia
para que con ella se impriman para que mis émulos y contrarios se confundan.
En 1554 comienza su fructífera carrera universitaria
regentando, por acuerdo con el titular de la misma, la cátedra de Retórica
del Colegio Trilingüe, uno de los cuatro Mayores dependientes de la Universidad.
Dos años más tarde recibe el nombramiento de sustituto de Retórica.
Probablemente el Claustro universitario tuvo en cuenta los méritos contraídos
por Francisco Sánchez, tanto en las labores estrictamente pedagógicas
como en las literarias y científicas. En agradecimiento al Claustro universitario,
El Brocense le dedica el De arte dicendi, primer tratado retórico
que salió de su pluma. Pero hasta el año 1573 no consigue la cátedra
de Retórica como propietario de la misma. Su actividad intelectual y
académica es intensísima en esta época: además de
su cátedra, regenta simultáneamente las de Griego y Astrología
(Astronomía) en la Universidad.
Sin
embargo, Francisco Sánchez no se siente satisfecho. A partir del año
1585 oposita por dos veces a la cátedra de Gramática, pero en
las dos ocasiones sale derrotado, lo que, sin duda, le llenó de sinsabores,
básicamente por los enfrentamientos a que tales oposiciones daban lugar
y por lo que implicaba de pérdida de prestigio ante toda la familia universitaria.
Porque la elección de catedráticos en el siglo XVI tenía
unas características muy especiales. Florencio Marcos Rodríguez
nos da una idea aproximada de lo que entonces significaba opositar a una cátedra
en la Universidad de Salamanca:
Pero donde se demuestra de modo más claro la intervención
directa de los estudiantes en la vida universitaria es en la provisión
de cátedras y en las cátedras mismas. Los opositores no hacían,
como actualmente, sus ejercicios de oposición ante un tribunal de cinco
maestros, sino que el tribunal estaba integrado por todos los estudiantes de
la facultad a que pertenecía la cátedra que se iba a proveer.
De suerte que cada estudiante tenía un voto personal, aunque su calidad
valía más o menos según sus cursos y grados. Declarada
la vacante, se publicaba por los corredores de las escuelas la vacatura, para
que los que tuvieran derecho a votar se presentaran ante el escribano para inscribirse
en la lista de votantes.[
] Esta forma de elección se prestaba a
ciertos abusos y por eso las Constituciones y Estatutos
prohíben
que el opositor dé dinero o que lo preste a los que son votos, que no
pueda salir del colegio si no es para ir a misa o dar su lección, que
hable con los que son votos ni se ponga a la puerta principal o a la ventana
para hablar con ellos, que no dé comidas, ni vino, ni preste libros,
ni prometa ventana para fiestas.
Finalmente, a los
setenta años, quizás cansado de tanta lucha, solicita
su jubilación, que el Claustro concede. No obstante, El
Brocense siguió participando de modo muy activo en la vida
universitaria, aunque sin la obligación de leer, es
decir de impartir clases.
Pedagógicamente
Sánchez de las Brozas se caracterizó siempre por una
certera intuición didáctica. Trataba de hacer amenas
las explicaciones y proponía cambios drásticos en los
métodos de enseñanza habitualmente empleados en la
Universidad. Esta actitud, evidentemente, atraía a numerosos
alumnos a sus lecciones pero, por otra parte, le granjeaba la envidia
de otros profesores menos dotados o menos innovadores. En la misma
línea sostuvo la tesis de impartir las clases en lengua
castellana y no en latín, que era el vehículo normal de
comunicación en la vida universitaria. Y esto por un doble
motivo: porque el latín utilizado habitualmente era una lengua
ya corrompida, que difícilmente recordaba al idioma de
Cicerón, lo cual iba en contra de la propia latinidad.
Pero, además, por facilitar la comprensión exacta de lo
que se explicaba.
En esta dirección
de renovación pedagógica no dudó en traspasar,
incluso, las normas establecidas: Tanto
en sus manuales como en su docencia directa afirma
César Chaparro Gómez siempre
intentó sustituir los métodos establecidos por otros
nuevos que creía más útiles y eficaces. En
Gramática es denodado partidario de la brevedad, de reducir la
doctrina a lo imprescindible. Brevedad y claridad son la obsesión
pedagógica del Brocense. Y es el convencimiento de la bondad
de sus métodos el que le impulsa a intentar sustituir en
Salamanca el Arte del Antonio (Antonio de Nebrija) por sus propias
obras. Y sabemos que contraviniendo los Estatutos de la Universidad,
que imponían como texto obligatorio el Arte de Nebrija,
seguía en clase su propio método y texto .
Tan convencido
estaba el Maestro Francisco Sánchez de la bondad de su
metodología pedagógica que en la introducción de
su obra más importante, la Minerva, no duda en afirmar
que
puse
todas mis fuerzas en esto: en extender para los que aprenden la
Gramática un camino breve, llano y fiel. He añadido a
esta obra mi método, extendido y probado ya hace algunos años.
Estas últimas ideas que venimos comentando nos
llevan a referirnos a la sicología y al modo de ser de Francisco Sánchez
de las Brozas. Todos los testimonios conocidos que nos han dejado de él
discípulos, amigos y enemigos nos muestran a un hombre tremendamente
apasionado. Apasionado a la hora de defender las ideas que él consideraba
correctas; apasionado a la hora de poner en práctica sus intuiciones
didácticas y pedagógicas; apasionado a la hora de agradecer al
Claustro universitario sus nombramientos; apasionado a la hora de criticar todo
aquello que juzga inadecuado o contraproducente, todo lo cual le condujo a verse
envuelto en frecuentes polémicas y hasta sometido
a procesos inquisitoriales.
La
creación literaria de El Brocense.
El
Brocense es básicamente, según afirma Cristóbal Cuevas,
un poeta de imitación. Sin embargo, este concepto conviene
aclararlo. Entre los humanistas y literatos de Renacimiento,
la imitación de los clásicos era algo absolutamente normal y generalizado.
En la edición de las Poesías completas de
Garcilaso -por poner un ejemplo-, Ángel L. Prieto señala
que desde los primeros
comentaristas se sabía que Garcilaso imitaba,
traducía o parafraseaba a numerosos autores griegos, latinos, toscanos,
castellanos
El
propio Brocense, con rotundidad, afirmaba lo siguiente: Si
me preguntan por qué entre tantos millares de poetas, como nuestra España
tiene, tan pocos se pueden contar dignos de este nombre, digo, que no hay otra
razón, sino que porque les faltan las ciencias, lenguas y doctrina para
saber imitar.
Hay que saber, no
obstante, que imitar no significa en este caso reproducir al pie da
la letra. Nadie mejor que Petrarca, el padre del humanismo
y la fuente donde se inspiraron todos los poetas líricos del
Renacimiento, del Barroco y aún de más lejos, para
delimitar el concepto renacentista de imitación:
El imitador ha de procurar ser parecido, no igual, y el parecido
ha de ser no como el que hay entre el original y la copia, que cuanto más
se le asemeja más es de alabar, sino como el que hay entre el padre y
el hijo. Entre ellos, aunque exista mucha diversidad en el aspecto, hay siempre
cierta sombra, lo que nuestros pintores llaman aire, que se revela
sobre todo en el rostro y en los ojos, que es lo que produce una semejanza que
nos hace que, así que vemos al hijo, recordemos al padre, aunque si después
procedemos a un examen detallado todo se nos muestre diverso; pero hay entre
ellos algo oculto que produce aquel efecto.
Teniendo siempre,
pues, como telón de fondo a los autores clásicos e
italianos, El Brocense escribió un número considerable
de poemas neolatinos que, por atractivos que resulten, debemos dejar
fuera de este artículo. Nuestro interés se centra en la
obra escrita en castellano, y más específicamente en la
obra original de Sánchez de las Brozas. Porque nuestro autor
tradujo en versos al español algunos Salmos y diversas obras
de Horacio, Petrarca, Ausias March y otros autores; desde el punto de
vista literario, estas versiones no están excesivamente
logradas porque, en demasiadas ocasiones, el Maestro Sánchez
adopta más una perspectiva de retórico que de poeta, lo
que hace que sus versos sean más cultos que inspirados. Quizá
su labor más importante como traductor sea una versión
bilingüe de la Iliada.
El
propio Brocense, si hemos de creer a sus propias palabras, tenía una
humilde opinión de su capacidad como poeta, si hacemos caso alo contenido
en una de las epístolas, dirigida a su íntimo amigo Tamariz.
Entre las obras
originales escritas en español, las hay que entroncan más
con la tradición literaria castellana, bien por la estrofa
utilizada, bien por la propia estructura de la composición.
Algunas de las más logradas son romances, compuestos de forma
muy popular; en ellos el poeta se olvida de su sabiduría y
hace unos versos sencillos y llenos de encanto, como ocurre en el
poema en el que encontramos una hermosa descripción de la
naturaleza, que se alegra al paso de la Sagrada
Familia cuando huye camino de Egipto.
En el poemita, el
camino de la huida se convierte en un auténtico locus amoenus
con todos los ingredientes característicos: aire armonioso,
prados verdes, agua cantarina, canto de las aves, dulces olores
Por otro lado, El Brocense ha conservado fielmente las
características formales del romance tradicional: sobriedad en
los recursos, alternancia en la utilización de las formas
verbales del presente/pasado, final brusco y conciso, etc. La misma
fidelidad al modelo popular podemos observar en el Romance
de Policena, centrado en el mundo de la Antigüedad
clásica. Quizás, Sánchez de las Brozas escribió
más romances, pero estos dos son los únicos que han
llegado hasta nosotros.
Dentro de lo que
podríamos llamar lírica de
corte tradicional, nos han quedado también dos glosas de El
Brocense en las que escuchamos todavía los ecos de la poesía
de los Cancioneros del siglo XV: sus recursos conceptuales, su
complicación estilística, sus juegos de palabras y, por
qué no decirlo, su ingeniosidad distante y retórica que
hace que resulten fríos y, desde luego, muy alejados de
nuestra sensibilidad actual.
El Brocense más
amable y curioso se nos muestra también en una serie de
estrofas de versos octosílabos que él titula
Contra Horatio y que es, en realidad,
una enumeración laudatoria de las virtudes curativas del ajo.
Este poemita, que bien podríamos calificar como texto de
medicina natural, nos muestra a la cara más humana del
sabio extremeño. Sin duda, al escribir estos versos, Francisco
Sánchez tenía en mente las recetas familiares que
aprendió en su niñez, allá en su tierra de
Brozas, contra los males y dolencias más comunes.
Pero también
se expresó El Brocense, poéticamente hablando, en
estrofas y modalidades más acordes con la corriente
renacentista e italianizante. Y así, como ya hemos tenido
ocasión de ver, escribió tres epístolas al
querido amigo Tamariz. En opinión de
Miguel A. Teijeiro estas
epístolas resultan de un excesivo engolamiento, poco sinceras
y escasamente personales, demasiado prosaicas en el ritmo, acentuado
por el empleo de las esdrújulas, y cultas en el uso de una
sintaxis y un lenguaje que apenas si se acomodan a la sensibilidad
poética
.
Aparte del
soneto dirigido a Covos, a raíz de la
polémica que ambos mantuvieron, se ha
conservado otro soneto de El Brocense
publicado en la
obra que el Maestro Farfán, Canónigo penitenciario de
la Iglesia de Salamanca, escribió contra el pecado de la
fornicación. La perspectiva del
humanista extremeño no es estrictamente religiosa, ni
siquiera ascética, ya que en realidad el poema es una
imprecación contra Venus, hija de la
mar tempestuosa y contra Cupido, ciego rapaz.
La preocupación
pedagógica de Sánchez de las Brozas nos dejó
unos curiosos poemitas que bien podríamos calificar de
didácticos. En realidad, se trata de sistemas nemotécnicos
en los que el autor emplea el recurso de la rima para facilitar el
aprendizaje de determinadas reglas o conceptos de uso habitual en el
latín.
En
general,
-afirma Cristóbal Cuevas- El
Brocense es un poeta de imitación, versátil por su
propio academicismo, parafraseador, más atento a los aspectos
retórico-gramaticales que a los imaginativo-sentimentales.
Es la poesía de un intelectual que, movido probablemente por
el magisterio de su amigo Luis de León, intenta acercarse al
mundo de la creación artística pero sin abandonar nunca
su óptica de hombre dedicado a la filología y a la
gramática.
Hay, pues, que
considerar a Sánchez de las Brozas como miembro de ese grupo
de poetas que configuran lo que se suele llamar la escuela poética
de Salamanca, para distinguirla de la escuela sevillana o andaluza y
de otros grupos poéticos que se desarrollan en España a
lo largo del siglo XVI. Se caracterizaron los salmantinos por la
fidelidad a los autores clásicos, preferidos a los italianos;
por la búsqueda constante de un equilibrio entre fondo y
forma, tendiendo siempre a la sobriedad de recursos; por su adhesión
a los ideales estéticos neoplatónicos; por su temática
moral y religiosa, aunque sin olvidar otros asuntos que también
abordan, etc.
No es nuestra
misión discutir qué autores forman parte de la escuela
salmantina, pero sí es importante conocer que, además
de El Brocense, Arias Montano y
Francisco de Aldana son miembros de este
selecto círculo de poetas encabezados por Luis de León.
No obstante, se debe señalar también, que Aldana es,
entre todos ellos, el que menos se ajusta a las características
que hemos fijado para el grupo. Sin embargo, la producción
poética de su etapa de madurez, ciertamente, le coloca entre
los salmantinos.
Las investigaciones en los archivos de la Universidad
de Salamanca han permitido descubrir que entre los años 1566 y 1569 se
representaron en dicha Universidad diversas tragedias de tema bíblico
cuyo autor era El Brocense. Conocemos, al menos, dos títulos: David
y Asuero. Igualmente fue el autor de algunos autos sacramentales, como
El Niño perdido, del que se han conservado tres versos:
Triste, abatida y desdichada,
yo debo de ser culpada, o mis errores
fueron merecedores de tal pena.
Ciertamente, con tales elementos de juicio es imposible hacerse una idea de la categoría de El Brocense como creador dramático, si bien hemos de recordar que el teatro español en el siglo XVI está muy lejos de tener la madurez espléndida que alcanzó en el Barroco.
Fue Miguel de Cervantes, poeta, autor dramático y novelista, quien dejó escrito en su Galatea:
Aunque el ingenio y la elocuencia vuestra,
Francisco Sánchez, se me concediera,
por torpe me juzgara y poco diestro,
si a querer alabaros me pusiera.
Lengua del cielo única y maestra
tiene de ser la que por la carrera
de vuestras alabanzas se dilate,
que hacerlo lengua humana es disparate.
A.A.M.