Francisco
de Aldana, El Divino Capitán
¿Alcántara?, 1537-Alcazarquivir,1578

La
lírica española renacentista está dominada por algunos
de los más hondos y exquisitos poetas de toda nuestra historia literaria:
Garcilaso de la Vega, Fray Luis De León o San Juan de la Cruz. Colocar
junto a ellos el nombre de Francisco de Aldana probablemente llenará
de extrañeza a la mayoría de lectores: se trata de un perfecto
desconocido. Cernuda, el no menos exquisito poeta del 27, vería en este
olvido una prueba más del sino fatal que llevó a la pérdida
de la mayor parte de la obra del poeta y a su propia muerte en edad temprana.
Y sin embargo, fue citado, alabado y admirado por sus
contemporáneos, que le dieron el nombre de divino por la excelencia de
su poesía, calificativo que concedieron a muy pocos poetas de la época.
Son conocidos los versos que Lope de Vega le dedica:
Tenga lugar el Capitán Aldana
entre tantos científicos señores,
que bien merece aquí tales loores
tal pluma y tal espada castellana.
Y el propio Quevedo, azote de malos escritores, elogia
a el capitán Francisco de Aldana como valeroso y doctísimo
soldado y poeta castellano. En realidad, tales elogios seguían el
camino iniciado por Cervantes cuando se refirió a aquél único,
sabio y claro Aldana.
No se conoce con
absoluta exactitud el lugar del nacimiento de D. Francisco de Aldana.
El estudioso extremeño Rodríguez Moñino piensa
que vino al mundo en Alcántara aunque no aporta al respecto
ningún documento o testimonio objetivo. La mayoría de
críticos -siguiendo a Elías Rivers- se inclina por
situar el nacimiento de Aldana en Nápoles y en el año
de 1537, ya que su padre, Antonio Villela de Aldana, estaba al
servicio del Duque de Alba, D. Pedro Álvarez de Toledo, a la
sazón Virrey de Nápoles. La raíz de la familia,
no obstante, estaba en Extremadura, en concreto en la villa de
Alcántara. La polémica que subyace en el fondo de estos
datos se centra en saber si Aldana puede ser considerado un poeta
extremeño o no, teniendo en cuenta, desde luego, que nuestro
autor nunca hizo literatura extremeña. Físicamente,
parece muy improbable que pudiera nacer en Extremadura, pero de lo
que no cabe duda es de que su familia era extremeña. En todo
caso, como dice Pecellín Lancharro, tantas
cosas nos han robado que no resulta delito grave el riesgo de
atribuirnos algo sin certeza absoluta.
La
etapa de formación de nuestro poeta no iba a transcurrir, sin embargo,
en la meridional Nápoles, sino en la culta Florencia. En efecto, en 1540,
Cosme I, Gran Duque de Toscana, requiere a su lado la presencia de Antonio Villela
Aldana a quien se entrega el mando de la fortaleza de Liorna (1546) y de San
Miniato (1554), castillos que dominaban la ciudad del Arno. La Florencia en
que transcurre la Juventud de Aldana ha perdido, en parte, su hegemonía
humanística y literaria, no obstante sigue siendo un enclave excepcional
para la formación de un poeta del siglo XVI. Formación que, sin
duda, se basó en el conocimiento de la cultura clásica, en el
estudio de los grandes poetas italianos y en la comprensión de los humanistas
del Renacimiento: Marsilio Ficino, Pietro Bembo o León Hebreo. Es aquí,
en Florencia, donde Aldana, aún muy joven, inicia su andadura poética,
en italiano y en español, bajo el influjo de Benedetto Varchi. Fruto
de ella son las Octavas de un verso español y otro
toscano.
Tiempo
más tarde, en una carta poética escrita
desde el horror de Flandes a su hermano Cosme, el miembro de la familia con
quien más trato tuvo, recordará Aldana, idealizados, aquellos
años vividos en Florencia junto a sus amigos de juventud, dedicados al
dulce juego del amor galante y de la creación literaria. Se trata de
un texto que se encuadra dentro de la tradición de epístolas
literarias. La realidad innegable es que los versos de Aldana están
plagados de referencias a su propia vida y más en concreto a su experiencia
militar. En otra larga carta poética a otro amigo
llamado Galiano, pinta Aldana uno de los cuadros más vivos y expresivos
que se han hecho sobre la actividad militar. Sin duda, el poeta vertía
en esos versos toda su experiencia de curtido soldado.
Siguiendo la tradición familiar,
Aldana abraza, hacia los quince años, la carrera militar. Ya hemos visto,
en efecto, cómo su padre era soldado de profesión, aunque la mayor
parte de su carrera la desempeñó en tierras de Italia. Pero también
su tío Bernardo De Aldana brilló en el oficio de las armas: según
Cosme, fue Maestre de Campo de Infantería Española y general
de artillería, que murió sobre los Gelves y que, además,
se halló en grandes cosas en servicio del Emperador en Italia, Alemania,
Francia, Hungría y África.
Era, pues, casi natural que
el jovencito Francisco de Aldana siguiera los pasos de sus familiares. La vida
militar de Aldana, como la de cualquier otro soldado español de la época,
fue sumamente agitada. Parece que recibe su bautismo de fuego en la famosa batalla
de San Quintín, luchando contra los franceses. Después sabemos
que, con el grado de capitán, fue nombrado lugarteniente de su propio
padre en la fortaleza de San Miniato, defensa clave de la ciudad de Florencia.
Sin embargo, la
rebelión de los Países Bajos va a significar el fin de
la etapa italiana de Aldana. La dura vida militar alejará a
nuestro capitán definitivamente de Florencia y de su propia
familia. En efecto, el rey Felipe II va
a enviar a Flandes lo más florido de las guarniciones
españolas que se encontraban en Italia con el fin de sofocar
la rebelión flamenca. Aldana llegará a las provincias
rebeldes con los Tercios que manda don
García de Toledo.
Francisco
de Aldana, en un principio, va a actuar como camarero del Duque de ALBA, con
quien tuvo una relación confiada y estrecha y a quien admiraba como militar
y guerrero. Pero además, según comunica el propio poeta en un
memorial dirigido a Felipe II, participó en la campaña como capitán
de infantería española... y diversas veces en Holanda gobernador
de compañías así españolas como valonas y alemanas
con cargo de la artillería de Vuestra Majestad en baterías que
allá se ofrecieron.
Sin duda, la
experiencia de la dureza y crueldad de esta campaña debió
calar hondo en el espíritu de Aldana, que en un poema titulado
Pocos tercetos escritos a un amigo,
contrapone la vida fácil, agradable y un tanto vacía
del cortesano con la existencia ardua y llena de peligros del
soldado; es decir, con su propia existencia.
En 1571 es licenciado y llega
por primera vez a Madrid en el momento en que se preparaba la segunda expedición
contra los turcos, tras la victoria de Lepanto. Aldana se alista en el ejército
de Don Juan de Austria con el importante grado de sargento mayor. Las malas
condiciones meteorológicas y las disensiones entre los coaligados hicieron
fracasar aquella empresa marítima, pero no hubo descanso para el soldado
y poeta Aldana. En Flandes, la situación volvía a ser crítica
y, desde Italia, con las tropas de socorro que llegan como refuerzo, Francisco
de Aldana se incorpora nuevamente a los tercios del Duque de ALBA.
Interviene, al menos, en dos acciones
bien conocidas. La primera fue el sitio de Harlem en la que asistió -tomamos
de nuevo las palabras de Lara Garrido- a la serie de ataques en que la porfía
de unos y la obstinación de otros no cedió mientras hubo medios
para sustentarse. Horrendas y espantables cosas, ejemplos de valor, de piedad,
de coraje relatan los historiadores de este sitio en el que ninguno de los elementos
estuvo ocioso y el frío, el trabajo, la muerte disminuía el ejército,
hasta que en julio de 1573 fue alcanzada esta victoria tan trabajosa y que tanto
a la nación española costó que poco menos se diera lo ganado
por lo pedido.
Todavía combate Aldana
en el sitio de la ciudad de Alkmaar (Alquemar), actuando como General de la
artillería. Con la llegada de los primeros fríos, los rebeldes
inundaron las tierras rompiendo los diques de contención, y el ejército
español debió levantar el sitio. Al fracaso de las armas españolas
se unió su propia desgracia, ya que fue herido de gravedad, lo que le
obligó a estar inactivo durante siete largos meses. Quizás para
hacer más llevadero el largo tiempo de la convalecencia escribió
Aldana unos versos humorísticos en los que dialogan la Cabeza
con el herido Pie. Ambos se echan mutuamente la culpa de la desgracia.
Pero la situación anímica
de Aldana va a experimentar un cambio profundo: las secuelas de la herida de
guerra, los primeros fracasos de las tropas españolas, la intriga y corrupción
que ha visto en la corte española de Bruselas y el hecho de que su amigo
y protector, el Duque de Alba, sea sustituido por Luis Requesens -que lo relega
a tareas menores- hacen que el viejo soldado, desengañado, solicite ser
enviado a España. Esta situación anímica de frustración
queda perfectamente reflejada en la Carta para Arias Montano,
erudito y humanista extremeño a quien Aldana debió de conocer
durante su estancia en Flandes.
Sin embargo, y por causas
desconocidas, aún tendrá que permanecer dos años más
en los Países Bajos. Son unos momentos angustiosos para los Tercios españoles.
Los soldados, a quienes no se paga con puntualidad, promueven una serie de violentos
amotinamientos, y las deserciones y abandonos son constantes. Culminación
de estos desórdenes fue el conocido saqueo de Amberes en 1574. Ante esta
delicada situación Requesens va a utilizar a Aldana como negociador,
debido al alto concepto que tenía entre la tropa. Parece que la misión,
en principio, tuvo éxito, aunque Francisco de Aldana no se engaña
sobre la realidad de la situación, y así nos habla de la
reliquia de la soldadesca cansada acompañada de las heces de la infantería
amotinada. Su diagnóstico era sumamente acertado. De
hecho, el ejército español casi llega a desaparecer en Flandes.
Dos años más tarde, con la llegada de D. Juan de Austria, habrá
que iniciar una auténtica reconquista del territorio.
Por
fin se le concede la licencia a Aldana y emprende el viaje destruido
y dispuesto a abandonar la vida militar porque -según dice- el
hábito de mi soldadesca ya se rompió y me será fuerza procurar
otro de más siguridad. Nuestro poeta se encuentra en
una encrucijada vital y atraviesa una profunda crisis existencial. Sin embargo,
probablemente por influencia del Duque de ALBA, se le encarga, aunque de forma
provisional, la fortaleza de San Sebastián, considerada como de primera
categoría.
Pero no llega el descanso
para Francisco de Aldana. El rey Don Sebastián de Portugal había
solicitado ayuda a Felipe II
para conquistar el norte de África (reinos de Fez y Marruecos).
El monarca español, queriendo tener información de primera mano,
va a encargar a Aldana una peligrosa misión de espionaje sobre dichos
reinos. Así que el poeta, disfrazado de mercader judío y con la
ayuda de un aventurero llamado Diego de Torres, se infiltró en aquellos
territorios hostiles de donde volvió con la salud muy quebrantada pero
trayendo los datos e informaciones que se le habían solicitado.
A partir de este
momento las cosas se precipitan y nuestro poeta y capitán
-como los héroes clásicos- se verá abocado a un
destino inexorable del que no sabe o no quiere huir. Tras unos días
de descanso en Madrid, Aldana sale hacia Portugal con instrucciones
muy claras de Felipe II para que hiciera desistir al rey lusitano de
su sueños africanos. Según los historiadores, Aldana
presentó la empresa como mucho más dificultosa de lo
que él pensaba. Pero, asombrosamente, Don Sebastián
convence al español y entre ellos surge una corriente de mutuo
entendimiento que el propio Aldana nos refiere con estas palabras:
Tengo hablado
tres veces a Su Majestad, el cual me tiene lleno de amor y admiración
porque jamás creí ver en tan pocos años tanto
entendimiento y destreza en las preguntas que me ha hecho sobre mi
comisión, discurriendo por ellas tan soldadescamente que ha
sido menester abrir los ojos y las orejas para entenderle y
responderle. Guárdele Dios y proporcione su poder a su valor,
que es el que tiene menester la soldadesca cristiana para levantarse
del abismo a do va cayendo. Cuando sale de Portugal
-nos relata Sebastián de Mesa- el rey le
despidió con muchas caricias y a la partida le dio una cadena
de oro de mil ducados de peso y tomó la palabra de que a su
tiempo le había de acompañar en esta jornada.
¿Qué magia había puesto en
juego Don Sebastián para hacer cambiar el parecer de Aldana? En realidad,
ninguna. Los sueños de expansión africana del rey portugués
coincidían plenamente con el pensamiento político y religioso
de Aldana: la obligación de un rey cristiano era la de doblegar al turco
y la de extender la religión de Cristo por todo el mundo.
Iniciada la expedición por Don Sebastián,
Aldana se une al ejército portugués ya en tierras africanas. La
preparación y disposición de las tropas lusas no satisfizo en
absoluto al experimentado soldado que era Francisco de Aldana que, en vista
de las circunstancias, tuvo por segura la derrota del ejército cristiano
y su propia muerte. Tan negros presagios se cumplieron al pie de la letra. Un
cronista de la época refiere que, al ver a parte del ejército
portugués huir en desbandada, con un lastimoso grito, dijo: ¡Oh,
terrible obligación!, recordando la que había contraído
con el rey portugués. Y, en efecto, allí, en la batalla de Alcazarquivir,
muere Francisco de Aldana el 4 de Agosto de 1578. Un testigo presencial, Juan
de Silva, narra así los últimos momentos del poeta: Había
peleado hasta entonces muy bien y dado muestras de gran corazón; después
me dicen que se tornó a engolfar, y le mataron [...]. Y con la espada
en la mano tinta de sangre se metió entre los enemigos haciendo el oficio
de tan buen soldado y capitán como él era.
Cuando murió,
Aldana tenía cuarenta y un años de edad. No mucho
tiempo antes, otro altísimo poeta fallecía en parecidas
circunstancias: se llamaba Garcilaso de La Vega. Precisamente, la
gran calidad de los versos de Aldana junto con el enorme prestigio
adquirido en el campo de batalla conforman desde muy pronto la imagen
arquetípica del poeta-soldado o del soldado-poeta. De hecho,
Aldana encarna de forma admirable el tópico renacentista de la
pluma en una mano y la espada en la otra. Así, al menos, lo
vieron sus contemporáneos, como quedó acuñado en
los versos reseñados de Lope de Vega, en los que elogia tal
pluma y tal espada castellana.
La trayectoria
poética de Francisco de Aldana.
Los comienzos poéticos de Aldana tienen dos referentes
temáticos muy claros: el amor y el mundo mágico de la mitología
clásica. Esto es lógico si tenemos en cuenta el ambiente florentino
-italiano, en suma- y humanístico en el que nuestro poeta se abre al
mundo de la creación literaria. La Fábula de
Faetonte muestra de modo ejemplar el acercamiento de Aldana a lo
mitológico. Se trata de una extensa (1214 versos) y compleja recreación
del mito de Faetón, hijo del Sol, que se apoderó del carro de
su padre con el que estuvo a punto de provocar una catástrofe. Zeus,
enojado, lo fulminó. Compuesta en verso suelto, Aldana no se limita a
un simple ejercicio de imitación de la leyenda, sino que aporta novedades
tanto en la construcción del poema como en el universo significativo
del mismo.
Pero es, quizá,
en su poesía amorosa donde Aldana emerge como
poeta original. Su lírica amatoria, en efecto, está
llena de una fuerza y una frescura que no eran tan comunes en la
poesía española de la época. Porque nuestro
poeta no se limita a cantar al amor como hondo sentimiento humano,
desde una perspectiva petrarquista y neoplatónica, -cosa que
también hace- sino que va a presentarlo además como el
ímpetu dulcísimo lascivo que impele a
los amantes a trabarse en la
dulce guerra, en amorosa lucha encadenados. En
estos poemas aparece un Aldana juvenil y gozoso ante la exaltación
del amor, autor de versos llenos de cálida sensualidad y
hedonismo. El tópico renacentista de la belleza femenina, que
el poeta sin duda había interiorizado en su juventud
florentina, despliega todo su encanto en estos sonetos
amorosos llenos de erotismo y traspasados por el gozo de
vivir. Aldana, en un hermoso soneto, utilizó a Venus y a Marte
para ejemplificar la fuerza absoluta de un simple beso encarecido
capaz de aplacar a los mismos dioses.
En la epístola a su amigo Galiano, habla Aldana de los amantes como de dos que buscan / los cuerpos convertir, como las almas, / uno en el otro y ser nuevo andrógino Pero esta unión total es posible entre las almas, pero el cuerpo el velo mortal impone unos límites físicos que nos es imposible traspasar. La frustración que supone esta imposibilidad de fundirse físicamente en uno con la persona amada la expresó Aldana en uno de su más hermosos sonetos, el de Damón y Filis, en el que utiliza una expresiva comparación para significar el anhelo amoroso de unión total: el agua que penetra hasta el último resquicio de la esponja.
Se
habrá observado que en los sonetos anteriores la mujer tiene un papel
tan activo, al menos, como el hombre en el juego amoroso. No estamos, pues,
ante la dama petrarquista, distante y siempre situada en un plano superior al
poeta y cuya vida llena de luz o anega en la tristeza
según varíen sus sentimientos. Realmente, en estos textos aldanescos
lo que se muestra es la igualdad entre hombre y mujer a la hora de compartir
los goces y sufrimientos del amor. Dicho esto, hay que señalar que Aldana
compuso también poemas enraizados en los motivos más tradicionales
de la lírica petrarquista, en los que rastreamos, entre otros, el tema
de la ausencia, el amor como muerte vivificadora, el efecto que la presencia
/ ausencia de la dama obra sobre la naturaleza, etc.
Otra novedad formal presente en
los sonetos amorosos de Aldana es la utilización del diálogo entre
los amantes como vehículo expresivo de los distintos sentimientos, anhelos
y percepciones. En el universo amatorio del poeta, hecho de besos, caricias
y abrazos, aparece la palabra, a veces como contrapunto doloroso del luminoso
mundo erótico. Pero, en otras ocasiones, el diálogo lo que hace
es mostrarnos la honda unidad afectiva de los amantes. Tal es el caso del soneto
en el que las respuestas de Tirsis parecen un eco dolorido de las palabras lastimeras
de la pastora Galatea.
En la poesía
petrarquista, si bien la ausencia de la persona amada engendra
sufrimiento, éste queda mitigado por la firme convicción
de que la distancia nada puede contra el amor mientras la imagen del
ser amado permanezca grabada en la hondura del alma del amante. Sin
embargo, como ya hemos visto, la concepción del amor para
Aldana es mucho más totalizadora: el que ama necesita amar con
el espíritu, pero también con el cuerpo, de aquí
que la ausencia del ser amado suponga para los amantes una tragedia
próxima a la muerte.
Pero al mundo
ideal de la mitología y al luminoso universo del amor, que
emergen en los versos que Aldana compuso en su juventud, en la
hermosa ciudad de Florencia, rodeado de su familia y de los amigos
queridos, le va a suceder muy pronto la amarga realidad de su vida en
Flandes, enfrentado al cruel destino de la guerra, de las heridas
propias y de la pérdida de los ideales. Este proceso va a
producir en el soldado Aldana una profunda crisis existencial que, en
opinión de José Lara, el poeta va a superar en la
conjunción
de la Acción y la Contemplación.
La Acción
va a ser para Aldana la entrega al oficio
militar que le obliga a cubrir su cara de honroso
sudor, a teñir el
brazo de sangre enemiga y a enfrentarse día
a día a la posibilidad de una muerte
honrosa. Por su parte el proceso contemplativo
-mucho más íntimo y doloroso- se hace con frecuencia
patente en los versos que Francisco de Aldana va hilvanando en esa
época. Se trata de una poesía metafísica
que a veces quiere acercarse al misticismo y que, en todo caso,
produce algunos de los mejores versos de Aldana. Por lo que tiene de
desengaño, parece que el poeta y hombre Francisco de Aldana
esté ya mirando al Barroco.
La exploración
interior del poeta se inicia con el reconocimiento de la situación
en la que íntimamente se encuentra. Sin embargo, en el soneto
Tras tanto andar muriendo podemos
observar que Aldana entrevé una posible salida a su angustiosa
situación. Previamente, sin embargo reconoce con humildad su
propia culpa y muestra su profundo arrepentimiento tras
tanto error del buen camino.
Es decir, Aldana adopta la firme decisión de apartarse del mundo y entregarse a la sola búsqueda de Dios. Ciertamente que es sorprendente -al menos desde nuestra perspectiva actual- que un hombre educado en los refinamientos del humanismo italiano y entregado durante largos años a una guerra sobre la que afirmaba que con ira ardiente había derramado sangre rebelde, tome una decisión semejante. O quizá dicha resolución venga precisamente determinada por sus intensas vivencias precedentes. Es difícil determinarlo.

Aldana, como tantos otros sentimientos y experiencias, plasmó sus vivencias
religiosas en versos hondos, muchas veces desengañados, pero siempre
llenos de esperanza en el reencuentro con Dios. Son los textos que constituyen
lo que podríamos llamar su poesía religiosa, henchida toda
ella de la esperanza de hallar en el Creador lo que el amor y la acción
militar ya no pueden darle. Precisamente dentro de su poesía religiosa
y contemplativa se inscribe la obra que, unánimemente, la crítica
ha señalado como la mejor creación de Aldana: la Carta
para Arias Montano sobre la contemplación de Dios y los requisitos della.
En opinión de Luis Cernuda, el poeta del 27 que admiró profundamente
a Francisco de Aldana, se trata de una obra singular donde queda consignada
enteramente la experiencia vital y espiritual de un poeta.
He aquí a
grandes rasgos la creación literaria de Aldana, poeta a veces
irregular pero en cuyos mejores versos -como reconoce Cristóbal
Cuevas- brilla
la tersura de ritmo, el acierto en la elección de voces, la
contención retórica, el buen gusto en la adjetivación
y tropos, y un dominio de su reducida, pero selecta, panoplia
métrica
.
Como hemos podido
observar, Aldana recorre un largo camino espiritual que parte del
gozoso erotismo italianizante, pasa por la vida heroica del soldado y
termina en la renuncia de todo lo que no sea Dios. Por eso en la
vida, y en la poesía de Aldana hay tres grandes pasiones: la
mujer, España y Dios. Y esta afirmación, que parece un
tópico, responde a la realidad de su vida y a la realidad de
sus versos.
Porque la poesía
de Francisco de Aldana tiene una cualidad por encima de todas: su
sinceridad. Entre sus versos y su vida no existe contradicción.
Más aún, una gran parte de sus composiciones hunden sus
raíces en la experiencia vital del hombre y del soldado
Aldana. Por eso, en muchos de esos versos sentimos latir la
desesperanza, el amor, la amargura, el ansia de Dios, la soledad, la
amistad, la dignidad, en suma, de un hombre de carne y hueso que no
eludió su destino -trágico o glorioso según el
punto de vista desde el que se lo considere- sino que lo afrontó
con los ojos bien abiertos. No es, pues, de extrañar que Karl
Vossler diga de él que fue poeta
extraño y apasionado, libre de toda ambición literaria
y, en lo más profundo de su corazón, un solitario ajeno
al mundo en que vivía.
Digamos, finalmente, que la figura humana y poética
de Aldana es el más acabado ejemplo del cambio de sensibilidad que se
produce en España entre dos momentos bien distintos del siglo XVI: el
reinado de Carlos I y el reinado de su hijo Felipe II, entre los que transcurrió
su vida. Desde el gozo de vivir, impregnado de sensualidad y erotismo, exquisitamente
italianizante, que podemos observar en sus sonetos amorosos,
hasta esa presencia del desengaño y de la búsqueda de lo trascendente
que aparece en esa obra maestra final que es la Carta para
Arias Montano. Desde el ímpetu dulcísimo lascivo
hasta aquel pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre / y, como si no hubiera
acá nacido, estarme allá, cual Eco, replicando, / al dulce son
de Dios, del alma oído.
Francisco de Aldana, según nos dice su hermano
Cosme, fue siempre contrario a la publicación de sus obras; su idea era,
más bien, difundirlas entre el grupo escogido de amigos con quienes compartía
anhelos y experiencias comunes. Si a esto añadimos que, una vez más
según Cosme de Aldana, se habrían perdido distintas composiciones
en la guerra, nos encontramos con un panorama desolador. No obstante, hay sospechas
fundadas de que la pérdida de muchas de las obras de Aldana no habría
sido casual, sino que el propio autor las habría destruido de forma consciente.
Se trataría fundamentalmente de obras de juventud, y el motivo de su
destrucción sería la evolución espiritual producida en
el soldado español. El hecho cierto es que debemos a Cosme la transmisión
de cuantas obras de su hermano consiguió reunir y conservar. Y así,
publicó la Primera parte de la producción aldanesca
en Milán en 1589, y la Segunda parte en Madrid en
el año de 1591. Su labor como editor puede tener muchos defectos, no
obstante debemos agradecerle el respeto absoluto que mostró hacia la
obra de su hermano, pues según nos confiesa en la Segunda parte, solo
un tilde añadir yo nunca he osado / de mis tan rudos versos imperfectos.
Tras estas vicisitudes, en total hoy día podemos leer unas noventa composiciones
poéticas de Francisco de Aldana, si bien algunas de ellas no están
completas y sobre otras existen ciertas dudas acerca de su autoría.
Estróficamente,
Aldana utiliza los modelos renacentistas italianos: octavas, tercetos encadenados,
sonetos, estancias, verso libre, etc. Aunque también usa versos cortos
de origen español, entre los que sobresale la quintilla. Por lo demás,
aparte de los poemas breves, el poeta soldado se mueve magistralmente en el
género de la epístola o en el de las canciones.
Temáticamente,
ALDANA es un poeta polifacético. Frente a la poesía
garcilasiana, mucho más reducida en cuanto a los asuntos que
trata, la obra aldanesca es más variada y rica. En efecto, en
la breve producción de nuestro poeta hallaremos poesía
amorosa, poesía de carácter heroico-militar, poesía
grave y metafísica y, finalmente, poesía hondamente
religiosa. Quedan al margen poemas sueltos de variada temática,
como los mitológicos o los de circunstancias.
Observando su obra
desde una perspectiva general, la producción poética de
Aldana que ha llegado hasta nosotros es la siguiente: cuarenta y
cinco sonetos de asunto muy variado:
amorosos, existenciales, de tema religioso, de circunstancias, etc.
Es autor también Aldana de seis epístolas, tres de las
cuales están escritas en tercetos (entre las que destacan los
Tercetos escritos a un amigo y la
Epístola a Arias Montano) y
otras tres en verso suelto. Escribió
también cartas poéticas a su hermano Cosme, a
Bernardino de Mendoza, miembro importante de la corte del Duque de
Alba en Bruselas y a un personaje no identificado al que da el nombre
de Galiano. Dependiendo del
destinatario, las epístolas pueden ser llanas y familiares o
serias y reflexivas. Lógicamente, en las primeras el poeta
deja entrever más su intimidad y afectos personales.
Compuso, así
mismo, doce poemas completos -aparte de los que nos han llegado
fragmentariamente- en octavas. Entre ellos podemos señalar
algunos textos largos de contenido religioso, como el Parto de la
Virgen, o El juicio final, pleno de imágenes
tremendamente expresivas y realistas.
Las
Octavas a lo pastoral, compuestas con
ocasión de la boda de su hermano, por el contrario, tienen un
tono festivo y están llenas de referencias suavemente irónicas
a los recién casados, al propio poeta y, en general, a toda la
raíz de los Aldana.
En octavas, así mismo, están escritos dos
poemas muy importantes para entender la mentalidad política y la ideología
de Francisco de Aldana. Se trata de las dos composiciones dirigidas a Felipe
II y a don Juan de Austria. Finalmente, hay que reseñar el poema titulado
Sobre el bien de la vida retirada que, aunque compuesto todavía
en Italia, está ya presagiando lo que será la poesía más
honda y personal de nuestro poeta. Hay que señalar, por cierto, que Aldana
es uno de los autores renacentistas que con más soltura utiliza la octava
que, al configurar poemas sin extensión determinada, permite estructurar
el texto con absoluta libertad.
Completando
esta visión general de la poesía de Aldana, digamos que es, así
mismo, autor de dos canciones completas (y de otras dos de las que sólo
se han transmitido fragmentos) de tema religioso: A la soledad de Nuestra
Señora la Madre de Dios y la Canción a Cristo crucificado,
extraño poema que, desde nuestra perspectiva actual, raya en lo irreverente
aunque, conociendo las profundas creencias religiosas del poeta y soldado, es
seguro que tiene un hondo contenido espiritual. Escribió, además,
una larguísima Fábula relatando el mito de Faetonte.
Cierran la nómina de la producción de Aldana siete coplas castellanas,
todas ellas incompletas, que entroncan con la poesía de los cancioneros
y que carecen de mayor interés. El metro utilizado es el octosílabo
en distintas combinaciones: quintillas y redondillas fundamentalmente. La más
interesante de todas es el Diálogo entre cabeza y pie.
Dadas las dificultades de transmisión de la obra de Aldana, han llegado
hasta nosotros bastantes obras muy fragmentadas que nos hacen sospechar que
la producción del poeta debió ser mucho más amplia y extensa.
A.A.M.